Friday, June 12, 2015

Los impulsores de la desigualdad

La compleja relación entre el crecimiento económico y la desigualdad de ingresos.

FotoliaEl premio Nobel de Economía Simon Kuznets en los 50 fue quien señaló que al menos dos fuerzas tendían a aumentar la desigualdad a lo largo del tiempo. Una de ellas era la concentración del ahorro en los grupos de ingresos altos; Kuznets observó que en Estados Unidos el 5% más rico de la población era responsable de casi dos tercios de los ahorros totales.

Un segundo factor, que ha sido una característica universal del desarrollo a lo largo del siglo pasado, fue el alejamiento gradual de la agricultura. Entre 1991 y 2001, por ejemplo, más de 8 millones de personas abandonaron este sector en India. Entre 1965 y 2000 la proporción de la mano de obra empleada en la agricultura cayó del 49% al 21% en Brasil, del 26% al 5% en Japón, del 55% al 11% en Corea, del 81% al 47% en China, y disminuyó hasta el 2% en Estados Unidos.

A medida que la población se trasladaba de los pueblos a las ciudades, de la agricultura a la industria, pasaba de un sector de baja productividad a otro de mayor productividad y eso acentuaba la disparidad de ingresos. Los ingresos tendían a estar más igualados en la agricultura, pero a medida que la gente se mudaba a las urbes la consecuencia era que la proporción de la población en la que los ingresos eran más desiguales se incrementaba.

Confluían además otros factores, entre ellos algunos que ejercían una influencia en la dirección opuesta. Uno era el creciente papel del gobierno y la aplicación de políticas destinadas a reducir las disparidades de ingresos, ya fuera a través de impuestos a la herencia, mecanismos de protección social o algo crucial, la ampliación de la educación pública a grandes segmentos de la población, incluidas las niñas.

En algunos países, en particular en Asia Oriental, la reforma agraria también contribuyó con fuerza a la disminución de las disparidades de ingresos y puede haber desencadenado un crecimiento económico y convergencia rápidos. El papel de la política del gobierno implicaba que, a menudo, había una creciente distinción (o brecha) entre la desigualdad en los niveles de vida y la desigualdad en los ingresos, la primera con frecuencia impulsada por los atributos de redistribución del presupuesto gubernamental. La demografía y la migración también tenían un impacto sobre la distribución de las rentas.

Al menos igual de importante fue el impacto de la tecnología y las fuerzas dinámicas relacionadas con la industrialización. Las nuevas tecnologías y los procesos asociados significaron que aquellos que poseían las habilidades para poder manejar nuevas máquinas o leer manuales de instrucciones -la gran mayor parte de ellos hombres- podrían acceder a salarios mucho más altos, y esto inevitablemente condujo a un aumento de la disparidad de ingresos entre géneros.

Por otra parte, este fenómeno se retroalimentaba. Aquellos que, gracias a sus habilidades, podían exigir salarios más altos, podían permitirse pedir préstamos para poner en marcha nuevas empresas y así ahorrar más, acumulando un porcentaje creciente de la riqueza del país, algo que proporcionaba oportunidades adicionales para inversiones rentables y para seguir creando nuevas empresas. En países con instituciones débiles, regulaciones ineficaces y poca capacidad de hacer cumplir la ley esto a menudo se traducía en mayores oportunidades para gente con pocos escrúpulos, en especial con acceso a los resortes del poder político.

La expansión de una enorme riqueza derivada de la corrupción ha sido sin duda una característica habitual del desarrollo económico durante los últimos dos siglos. Allí donde la creciente disparidad de ingresos era debida en parte (o en todo) a la corrupción y al abuso de poder el resultado a menudo era el aumento de las tensiones sociales, la inestabilidad política o, en los casos más extremos, los disturbios civiles. Sin embargo, en ausencia de corrupción, el resultado a menudo era la creación de nuevas industrias y el surgimiento de una poderosa cultura de la innovación.

La relación entre la educación, la formación y una mano de obra cualificada y la desigualdad es fuerte y dinámica. Por un lado, a medida que la educación se extiende y un porcentaje de la población cada vez mayor participa de sus beneficios se podría esperar una estabilización de la desigualdad de ingresos. Hay pruebas de que esto es exactamente lo que ocurrió en Inglaterra en el siglo XIX, donde esta desigualdad se amplió en un primer momento cuando el proceso de industrialización se puso en marcha para nivelarse después antes de que se acabara el siglo. Benjamin Friedman argumenta en The Moral Consequences of Economic Growth (Las consecuencias morales del crecimiento económico) que “la afirmación de Karl Marx de que el capitalismo conduce inevitablemente a una creciente miseria de las clases trabajadoras, y por lo tanto a una polarización explosiva de la sociedad, era el resultado de la extrapolación miope de Marx de la desigualdad cada vez mayor que acompañó al crecimiento económico de Inglaterra en la primera mitad del siglo XIX”.

Sin embargo, no hay garantía de que esta nivelación vaya a ser permanente. Dado que el cambio tecnológico es relativo, la llegada de nuevas tecnologías puede, en principio, inducir exactamente los mismos tipos de cambios que la introducción de tecnologías más simples tuvo sobre las diferencias salariales basadas en la cualificación durante las primeras etapas del proceso de desarrollo, conduciendo, una vez más, al aumento de las disparidades de ingresos.

Friedman ofrece un interesante análisis del impacto del  outsourcing o externalización en la desigualdad de ingresos. Cuando un fabricante estadounidense cierra su planta en EE UU y desplaza la producción a India, la pérdida del empleo de los trabajadores estadounidenses será compensada por las ganancias de empleo en el país asiático. Mientras que algunos trabajadores estadounidenses pueden ser capaces de encontrar trabajo en otros lugares, otros no lo harán. Además, es probable que los beneficios de la empresa aumenten debido a los menores costes laborales y el impacto neto, por lo tanto, será el de ampliar la desigualdad dentro de Estados Unidos. Por otra parte, dado a que algunos trabajadores en India ganarán ahora salarios muy por encima de la media en este país el cierre de la planta en EE UU también ampliará la desigualdad dentro de India. Sin embargo, la desigualdad entre Estados Unidos y el país asiático se habrá reducido. Friedman se pregunta entonces: “Si la renta media en India se acerca a la de Estados Unidos pero en el proceso algunos indios —en este ejemplo, los afortunados trabajadores que consiguen los nuevos empleos en las fábricas— prosperan y toman la delantera a sus vecinos ¿es el resultado neto una victoria o una derrota para la causa de la igualdad?”.

No tenemos una plena comprensión de la importancia relativa de todos estos factores  -la acumulación de ahorros, el decreciente papel de la agricultura, la demografía, las políticas del gobierno, la migración, el cambio tecnológico y la globalización, por nombrar alguno- a la hora de determinar la evolución de la desigualdad de renta. Unos son claramente más susceptibles de cambio a través de modificaciones en el contenido de las políticas. Otros -el cambio tecnológico es quizá el principal ejemplo- son más exógenos por naturaleza y responden a una combinación de creatividad humana, afán de lucro y, solamente de forma marginal, posibles incentivos del gobierno, teniendo, por tanto, un impacto mucho más impredecible.

Uno puede asumir razonablemente que la importancia de estos factores variará de un país a otro, dependiendo de su nivel de desarrollo, y que esa importancia cambiará con el tiempo, reflejando los cambios estructurales en la economía global. Sin embargo, Kuznets tenía razón al afirmar que, sin un mejor conocimiento de la evolución de la desigualdad de renta y de los factores que la determinan, nuestra propia comprensión del proceso de desarrollo económico se vería debilitada, al igual que nuestra capacidad para responder eficazmente a los desafíos creados por la divergencia de ingresos.

Friday, February 27, 2015

¿Cómo podemos reducir la desigualdad de los ingresos altos?

Hay muchas maneras de pensar en la desigualdad de ingresos. Uno puede, por ejemplo, considerarla dentro de los límites de un determinado país y preguntar cómo se distribuye el ingreso hoy entre los 198 millones de ciudadanos de Brasil. También es posible mirar el ingreso promedio per cápita de todos los países del mundo (o de una región del mundo) y preguntar: ¿cuán desiguales son las diferencias de ingresos entre los países en un momento determinado en el tiempo? Podemos pensar en esto como desigualdad internacional. Uno también se puede abstraer de los límites nacionales y de los conceptos de ciudadanía, ver el mundo como una familia humana, y preguntar: ¿cómo se distribuye la renta entre sus 7000 millones de personas? A esto se lo puede llamar la desigualdad global de los ingresos.



Uno de los resultados más interesantes —y sorprendentes— que surgen de los datos sobre la desigualdad global de los ingresos es que aunque los coeficientes de Gini (un índice compuesto que mide la desigualdad) han aumentado constantemente desde 1950 (véase el cuadro arriba, para un grupo de 130 países que representan la mayor parte de la población mundial), cuando uno mira a los países de altos ingresos (en gran parte, la OCDE), los coeficientes de Gini han bajado rápidamente en realidad y tienen, hoy en día, aproximadamente la mitad de sus niveles de comienzos de la década de 1950. En otras palabras, ha habido un proceso masivo de convergencia entre los países ricos. De hecho, existe evidencia empírica que sugiere que esta convergencia probablemente data de por lo menos la década de 1870, si es que no antes. Esta convergencia es altamente significativa dado que estos son los países que han estado en el centro del capitalismo global y que han encabezado el proceso de globalización. Estos son los países que han avanzado más en abrir sus economías el uno al otro. En efecto, gran parte de la liberalización comercial de posguerra que tuvo lugar en el contexto del GATT fue de naturaleza interna de la OCDE, quizás el ejemplo más sobresaliente de ella es la apertura que se produjo como consecuencia de la expansión de la UE; más libre comercio y mayores ingresos se encuentran en el corazón de la evolución de posguerra de estos países. También es probable que, al menos en lo que respecta a la UE, las desigualdades de ingresos entre sus miembros se han reducido ya que estos países han puesto en marcha mecanismos para reducir las disparidades de ingresos dentro de la región mediante un generoso sistema de transferencias de dinero desde los países más ricos a los más pobres; durante los primeros años de pertenencia a la UE, España y Portugal recibieron el equivalente al 5% del PIB en transferencias anuales.

Vale la pena mencionar otras dos características de los datos que muestra el gráfico: (i) el nivel muy alto de desigualdad del ingreso mundial, para lo cual tenemos unas pocas observaciones discretas que muestran altísimos coeficientes de Gini, flotando alrededor de 0,70, y (ii) la desigualdad internacional ha mejorado durante la última década, reflejando el impacto de las altas tasas de crecimiento económico en China y, en menor medida, en India.

¿Cuál es el problema, desde una perspectiva de desarrollo, con las grandes brechas de ingresos? En primer lugar, mientras más grande la brecha, más difícil el salto. Si ponerse al día se percibe como “altamente improbable durante mi vida”, entonces emergen incentivos para hacer otro tipo de saltos, que conducen a la migración (legal o no), a la fuga de cerebros y a la pérdida permanente de talento nativo. Además, quedarse muy a la zaga crea un contexto difícil para la implementación de políticas sólidas. Las poblaciones de los países pobres pueden calcular con facilidad —debido al poder de las tecnologías de la comunicación— cuán atrasados están respecto al resto del mundo, especialmente a las economías ricas del mundo industrial. Es probable que esto cree expectativas no realistas sobre la posibilidad de ponerse al día y, a su vez, obligue a los gobiernos a inclinarse por un camino populista, en vez del camino deliberado, gradual y a veces difícil que eligen los pocos casos de éxito de movilidad ascendente de ingresos. “La tardanza es la madre del mal gobierno”, es como lo describe el profesor de Harvard David Landes. Al utilizar el sustantivo “tardanza”, se refiere al ingreso tardío en el proceso de desarrollo, capturado por un bajo ingreso per cápita.

Al menos parte de nuestro serio problema de desigualdad parece reflejar una enorme mala asignación de recursos. Tenemos cerca de 800 millones de analfabetos en el mundo, 530 millones de ellos son mujeres; un gran segmento de la población mundial tiene así limitado acceso a las herramientas más esenciales para abrir el camino hacia la prosperidad: el conocimiento y el acceso amplio a la información. Pero gastamos cerca de US$2 billones anualmente subsidiando los hábitos de conducción de las clases medias del mundo; un 61% de los beneficios de los subsidios a la gasolina van al segmento más rico de la población, lo que constituye una de las políticas más regresivas en el planeta. En efecto, estos subsidios son tan considerables, que también contribuyen de manera tangible a acelerar el cambio climático.

Es importante contrastar esto, por ejemplo, con la inversión en educación para las niñas, un poderoso motor de avance para las mujeres, con múltiples efectos beneficiosos para el desarrollo. Tomar los recursos que ahora se destinan a subsidios de energía y reasignarlos para enseñarles a leer y escribir a 800 millones de analfabetos liberaría unos US$2400 anuales por persona: una cantidad vergonzosa de riqueza.

Lamentablemente, parecería que en muchos países las altas tasas de analfabetismo no son necesariamente una consecuencia de la pobreza o de la falta de recursos. No. Son una opción política que los gobiernos han adoptado, con resultados perturbadores para la distribución del ingreso y las oportunidades.

Existe mucha preocupación en el mundo hoy sobre la desigualdad de los ingresos altos y las disfunciones sociales asociadas. Hay amplio consenso internacional en el sentido de que deberíamos hacer algo al respecto. Los números citados anteriormente sugieren por lo menos un rumbo claro abierto para empezar a lidiar con este problema de una manera eficaz. Como suele ser el caso, si se tiene la voluntad política de hacer las cosas bien, no hay escasez de soluciones sensatas.

Tuesday, February 18, 2014

¿Cuáles son las Fuentes de la Corrupción?

En un blog anterior analizamos los factores que han llevado el tema de la corrupción al centro del debate de políticas acertadas sobre gestión económica. Una pregunta relacionada se refiere a las fuentes de la corrupción: ¿de dónde proviene y qué factores la han impulsado y transformado en un obstáculo tan poderoso para el desarrollo económico sostenible? Los economistas parecen estar de acuerdo en que una importante fuente de corrupción se origina en la función distributiva del Estado. Para bien o para mal, el papel del Estado en la economía ha aumentado en gran medida durante el siglo pasado. En 1913, las 13 economías más grandes del mundo, que representaban la mayor parte de la producción económica mundial, tenían un coeficiente medio de gasto en relación con el producto interno bruto (PIB) de alrededor del 12%. En 1990, este coeficiente había subido al 43%, si bien muchos países superaban ampliamente el 50%. Este incremento estaba asociado a la proliferación de beneficios estatales y a diversas formas en que el Estado impone costos a la sociedad. Aunque un Estado más grande no tiene por qué tener  correlación  con mayores niveles de corrupción —los países nórdicos ilustran esto— se da el caso de que cuanto más grande es el número de interacciones entre funcionarios y ciudadanos particulares, tanto mayor es la cantidad de oportunidades en las que los últimos pueden tener la intención de pagar para recibir beneficios a los que no tienen derecho, o evitar responsabilidades o costos a los que están obligados.

Gobernar a menudo consiste en emitir licencias y permisos. Desde que nace hasta que muere, un ciudadano común tiene que realizar transacciones en alguna oficina o con un burócrata gubernamental para obtener un certificado de nacimiento o un pasaporte, pagar impuestos, abrir un nuevo negocio, conducir un automóvil, registrar una propiedad, participar en actividades de comercio exterior, vender un bien o servicio al Gobierno, contratar un empleado o recibir un permiso para construir una casa, entre muchas otras. El informe Doing Business (DB) del Banco Mundial se ha convertido en un compendio anual de gran utilidad sobre la carga que representan las disposiciones reguladoras de la actividad empresarial en 189 países. La situación que surge del informe para un gran número de países es preocupante. Visite el sitio web del informe y vea por qué en tantas partes del mundo las empresas toleran niveles sorprendentes de burocracia y papeleo. De hecho, los datos de Doing Business destacan con elocuencia en qué medida muchos Gobiernos desalientan el espíritu empresarial en los sectores privados de sus propios países. Como era de esperar, la prevalencia de la corrupción guarda una estrecha correlación con la frecuencia de la burocracia y la excesiva regulación. El gráfico a continuación muestra la clasificación de los países en el último Índice de Percepción de Corrupción (IPC) de Transparencia Internacional y de DB 2014, que incluye 175 naciones. La cifra habla por sí misma: cuanto mayor es la burocracia, mayor es la incidencia de corrupción, llegando el coeficiente de correlación a cerca de 0,80.


Varios estudios han demostrado que las empresas destinan una cantidad considerable de tiempo y recursos para gestionar la burocracia. A menudo pueden creer que el pago de sobornos es una manera de ahorrar tiempo y mejorar la eficiencia y, en muchos países, que posiblemente sea la única manera de hacer negocios sin socavar la posición competitiva de la empresa frente a los que pagan cohechos de forma sistemática. Obviamente, cuanto más disfuncional sea el sistema económico y legal y más onerosas las regulaciones, mayor será el incentivo para que las personas y compañías acorten el camino mediante conductas corruptas. La literatura está llena de ejemplos: los absurdos de la planificación centralizada en la Unión Soviética indujeron a actos de “corrupción” a los jefes de fábrica, para agregar un cierto grado de flexibilidad a un sistema que ponía en ridículo la eficiencia en la asignación de recursos. Cuanto más incomprensibles sean las normas, más probabilidades existen que no sean respetadas por los participantes en el sistema.

Leff, un investigador de Harvard, argumentó en un análisis detallado en 1964 que quienes veían la corrupción como algo irreparablemente malo suponían de manera implícita que los Gobiernos estaban bien motivados y comprometidos con la implementación de políticas que hacían avanzar la causa del desarrollo económico. En realidad, Leff pensaba que en muchos países las políticas estaban orientadas en gran parte a promover los intereses de la élite gobernante. Leff y Nye (un colega de Harvard) sugirieron que la corrupción era en parte una respuesta a las distorsiones del mercado, la burocracia, las regulaciones excesivas e irracionales, y las malas políticas, pero estas, a su vez, eran afectadas también por los niveles de corrupción dominantes en el país de una manera bidireccional simbiótica de causalidad que transformaba la corrupción en un problema social y económico inabordable. Si bien queda claro que los sobornos y la corrupción pueden ser en algunos casos respuestas a la existencia de distorsiones en la economía, veremos en un futuro blog que lejos de mejorar la eficiencia, este problema impone altos costos a la sociedad en diversos frentes.

El sistema tributario en sí es a menudo una fuente de corrupción, en particular en los casos en que la legislación subyacente no es clara o es difícil de entender, otorgando presumiblemente a los inspectores y auditores fiscales una considerable libertad de interpretación. Leyes tributarias confusas darán lugar a “compromisos” dañinos entre inspectores fiscales y contribuyentes. En términos más generales, hay muchas maneras en que diversas funciones de la organización y las políticas del gobierno crean incentivos para el surgimiento de conductas corruptas. Como ya se señaló, la imponente presencia del Estado en la economía y, en particular, el suministro de bienes y servicios a precios inferiores a los del mercado, crea un terreno fértil para la corrupción. Invariablemente da lugar a la creación de algún tipo de mecanismo de racionamiento para controlar el exceso de demanda, quedando a criterio de algún funcionario público. Recuerdo una reunión en el Banco Central de Rusia en mayo de 1992, en la que nos mostraron un documento de varias páginas que contenía los tipos de cambio para la importación de diversos artículos, como automóviles de lujo, medicamentos y coches infantiles. Algunos burócratas habían logrado elaborar algunas misteriosas pautas que establecían decenas y decenas de precios para el tipo de cambio según el producto de importación. Demás está decir que la lista permitía una alta discrecionalidad.

Existía un régimen similar para los cupos de exportación, permitiendo a quienes obtenían una licencia beneficiarse de la enorme brecha entre el precio interno y el precio internacional. Otro legado de la Unión Soviética fue un programa de crédito dirigido, que incluyó esencialmente préstamos altamente subvencionados para la agricultura e industria. A tasas de interés que eran absurdamente negativas en términos reales, la demanda de los mismos fue inusualmente elevada y, por supuesto, los criterios de asignación muy poco transparentes.

Si bien es fácil observar los incentivos para la práctica de los sobornos que muestran estos ejemplos, también resultan evidentes las pérdidas de eficiencia en materia económica. Los créditos dirigidos en Rusia no siempre terminaban en manos de agricultores. Más bien los recibían quienes habían hecho la mejor oferta, y luego usaban los fondos para comprar divisas extranjeras y financiar la fuga de capitales (los créditos mismos nunca se reembolsaban o se pagaban en rublos sumamente depreciados). Los cupos de exportación daban como resultado enormes pérdidas para el presupuesto de Rusia, en un momento en que el país atravesaba una severa contracción económica y cuando, por consiguiente, había enormes presiones para aumentar el gasto social. Susan Rose-Ackerman, una de las principales expertas en corrupción, los denomina sobornos que limpian el mercado o equiparan la oferta y la demanda.

Algunos cohechos se ofrecen como pagos de incentivos para los burócratas. Estos pueden adoptar una variedad de formas, como el “dinero para acelerar trámites”, omnipresente en muchas partes del mundo, y que se usa generalmente para “facilitar” algunas transacciones, evitar las filas, etc. Ciertos economistas han argumentado que esto podría mejorar la eficiencia dado que los estímulos se ofrecen para trabajar más rápido y los que valoran altamente su tiempo pueden avanzar con mayor celeridad. Sin embargo, Gunnar Myrdal (1968) ha señalado que, con el tiempo, los incentivos podrían funcionar a la inversa: los burócratas frenarán las cosas intencionalmente, o, peor aún, encontrarán obstáculos imaginarios o crearán ellos mismos nuevos impedimentos, con el fin de obtener pagos para simplificar los trámites. De modo que, en definitiva, el “dinero para acelerar procesos”, no se paga para apurar las cosas, sino más bien para evitar retrasos creados artificialmente por burócratas corruptos. De hecho, algunas de las regulaciones vigentes en muchas partes del mundo son tan irracionales que solo se puede inferir que fueron introducidas para generar oportunidades para llevar a cabo prácticas de soborno. Lejos de ser una forma de mejorar la eficiencia, estos actos ilegales preservan y fortalecen la maquinaria de la corrupción. Este es un tema amplio. Usted puede encontrar muchos más ejemplos aquí. En nuestro próximo blog dirigiremos nuestra atención a las diversas consecuencias o efectos de la corrupción.

¿Por Qué Hoy la Corrupción no es Tanto un Tabú Como Hace un Cuarto de Siglo?

A aquellos de nosotros que nos han interesado los actos de corrupción durante la mayor parte de nuestras carreras, no nos cabe duda que en algún momento a fines de los años ochenta y principios de los noventa cambió la manera de pensar dentro de la comunidad del desarrollo respecto a la importancia de la corrupción en el proceso de desarrollo. Este cambio fue vacilante al comienzo; durante un tiempo la continua reticencia a enfrentar un tema que se considera tiene una gran dimensión política coexistió con crecientes alusiones a la importancia del “buen gobierno” para fomentar un desarrollo exitoso.

¿Cuáles fueron los factores que contribuyeron a esta evolución? Uno que me viene rápido a la mente esta vinculado con la caída del muro de Berlín y el consiguiente colapso de la planificación centralizada como una alternativa supuestamente viable al libre mercado. Fue obvio que deficiencias institucionales generalizadas, incluyendo una perniciosa combinación de autoritarismo (esto es, falta de rendición de cuentas) y de corrupción, condujeron al desplome de este tipo de planificación más que la adopción de políticas monetarias inadecuadas.

El colapso de la planificación centralizada en ciertos países a fines de la década de 1980 y la necesidad de la comunidad internacional de ayudar a estos a avanzar  hacia formas democráticas de gobierno y economías basadas en los principios del mercado dejó muy claro que sería mucho más difícil realizar eso que “conseguir controlar la inflación” o reducir el déficit presupuestario. Literalmente de un día para otro, los economistas se vieron obligados a enfrentar un conjunto de temas que iban más allá de la política macroeconómica convencional. Junto con la desaparición de la planificación centralizada, el fin de la Guerra Fría tenía claras implicaciones para la voluntad de la comunidad internacional de hacer la vista gorda a casos flagrantes de corrupción en lugares donde las lealtades ideológicas habían conducido a episodios de ceguera colectiva. A fines de los años ochenta, por ejemplo, los donantes dejaron de apoyar al dictador Mobutu y no estuvieron dispuestos a recompensarlo por su permanente fidelidad a Occidente durante la Guerra Fría.

Un segundo factor fue la frustración cada vez mayor debido a la condiciones de vida en África y en otras partes del mundo en desarrollo. Las acciones mundiales  contra la pobreza habían comenzado a rendir algunos frutos, pero estos se concentraron principalmente en China, mientras África registraba nuevos aumentos en el número de pobres. Yo era un economista del Fondo Monetario Internacional (FMI) a fines de los años ochenta y principios de los noventa y recuerdo claramente los esfuerzos del personal del FMI —especialmente en África— de examinar temas de reformas estructurales e institucionales -más allá de la estabilización macroeconómica- y de aceptar que la corrupción no podía seguir siendo ignorada.

Un tercer factor tuvo relación con los avances en la comunidad académica, especialmente en la investigación sobre la importancia de los derechos de propiedad, la educación y la capacitación, y las instituciones. Por ejemplo, algunos trabajos empíricos comenzaron a sugerir que las diferencias en las instituciones parecían explicar una parte importante de la desigualdad del crecimiento entre los países y, por lo tanto, tenían una influencia en el desempeño en materia de crecimiento de los mismos. (Para un buen estudio, vea, por ejemplo, Acemoglu y colaboradores. Institutions as the Fundamental Cause of Long-Run Growth [Las instituciones como causa fundamental del crecimiento de largo plazo], en Handbook of Economic Growth, Elsevier, 2004).  Un número cada vez mayor de economistas comenzó a considerar la corrupción como un problema económico y esto condujo a una mejor comprensión de los efectos de esta en la economía, un tema que trataremos en un próximo blog.

La aceleración, a partir de la década de 1980, del ritmo de la globalización también jugó un rol importante. Esta y sus tecnologías de apoyo claramente han llevado a un notable incremento de la transparencia y de la demanda popular de apertura y a un mayor escrutinio. Las organizaciones multilaterales no fueron inmunes a estas repercusiones. ¿Cómo podría uno ignorar o dejar de ver el ocultamiento de miles de millones de dólares de riqueza mal habida en cuentas bancarias secretas por parte de algunos de los peores autócratas del mundo, muchos de ellos antiguos clientes de estas entidades?

En paralelo a estos avances, y a una mayor conciencia pública internacional acerca de la corrupción, en la década de 1990 fuimos testigos de un gran número de escándalos que involucraron a importantes figuras políticas en algún tipo de soborno o corrupción. En India y Pakistán, los primeros ministros fueron derrotados principalmente porque fueron acusados de corrupción. En Corea del Sur, dos presidentes fueron encarcelados tras revelaciones de cohechos, mientras que en Brasil y Venezuela, los presidentes fueron procesados y destituidos de sus cargos debido a acusaciones similares. Por su parte, en Italia, un número importante de políticos, que habían gobernado el país durante la posguerra, fueron enviados a la cárcel por magistrados que además dieron a conocer la vasta red de sobornos entre partidos políticos y miembros del sector empresarial. Hubo menos progresos en África, pero, sin lugar a dudas, se hizo más difícil ocultar la corrupción y las nuevas tecnologías de las comunicaciones resultaron ser un aliado útil para lograr mayor apertura y transparencia.

Un hecho relacionado atañe a los cambios en la economía global, los cuales aumentaron significativamente la percepción de la importancia de la productividad como motor básico de la prosperidad. La globalización destacó la importancia de la eficiencia. Si los países no usan con eficacia los escasos recursos, no pueden esperar mantener su presencia en la economía mundial y competir en un mercado cada vez más complejo. Y, sin duda, la prevalencia de actos de corrupción desvía la atención de este objetivo. Además, los líderes empresariales comenzaron a hablar con más fuerza sobre la necesidad de tener igualdad de condiciones y los costos relacionados de hacer negocios en ambientes corruptos.

En los años noventa, el Gobierno de Estados Unidos hizo esfuerzos por mantener presente el tema de la corrupción en sus diálogos con los asociados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aumentando todavía más la conciencia internacional sobre esta materia. La Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero de 1977 había prohibido a los empresarios y corporaciones estadounidenses sobornar a funcionarios gubernamentales foráneos, imponiendo severas sanciones, como penas de prisión, a los involucrados en el pago de cohechos. Como los otros países de la OCDE no estaban sujetos a tales restricciones —de hecho, el pago de sobornos continuó siendo deducible de impuestos en la mayoría de los miembros de la OCDE al ser considerado un costo de hacer negocios en el extranjero—, las empresas estadounidenses se quejaron que estaban sufriendo pérdidas frente a los competidores de la OCDE. Los académicos que analizaron los datos mostraron que, tras la aprobación de la ley, las actividades de negocios de Estados Unidos en el extranjero disminuyeron sustancialmente, ya que la legislación en realidad había contribuido a socavar la posición competitiva de las empresas estadounidenses. Estos acontecimientos  dieron un ímpetu considerable a las medidas del Gobierno de Estados Unidos para persuadir a los otros miembros de la OCDE a que prohibieran estas prácticas de corrupción y en 1997 esta organización adoptó la Convención Antisobornos, que se transformó en un importante logro legal.

La labor de Transparencia Internacional (TI) y su reconocido Índice de Percepción de Corrupción (IPC), (i) que empezó a ser publicado en 1993, también contribuyó a este cambio de actitud.  Era de conocimiento público que la corrupción existía en todas partes. No obstante, TI demostró que algunos países habían tenido más éxito que otros en disminuir el problema y ayudó en gran medida a centrar la atención y validar el discurso público sobre el tema, facilitando así que los organismos multilaterales hicieran lo mismo.

Las mismas organizaciones internacionales respaldaron en breve a Transparencia Internacional. En las Reuniones Anuales del Grupo del Banco Mundial y del FMI en 1996, el entonces presidente del Banco, James Wolfensohn, pronunció un discurso trascendental, señalando que había una responsabilidad colectiva de enfrentar “el cáncer de la corrupción”. Más importante aún, Wolfensohn dio un fuerte apoyo a los esfuerzos del personal del Banco Mundial para desarrollar una amplia serie de indicadores de buen gobierno, incluyendo aquellos que específicamente miden el nivel de corrupción. Este fue un avance muy significativo porque posibilitó que el Banco Mundial, a través del uso de indicadores y datos medibles, se focalizara en los temas de buen gobierno y corrupción al mismo tiempo que no parece interferir en los asuntos políticos de sus países miembros.

Todo lo anterior explica de alguna manera los factores que contribuyeron a cambiar la manera de pensar sobre la importancia de la corrupción. En nuestros siguientes blogs examinaremos tres temas adicionales: las fuentes de la corrupción, el impacto económico de este problema y qué se puede hacer al respecto.

Monday, June 9, 2008

Replanteando el Significado de “Europa”

El año pasado la Unión Europea celebro 50 años de vida desde su fundación. Pese a la naturaleza sobria de las celebraciones, es indudable de que la UE ha sido un experimento político-económico sumamente exitoso. Sus estados miembros—muchos de ellos antiguos adversarios con una larga historia de conflictos violentos—han dejado de lado la guerra como un instrumento político. En su lugar, han creado un modelo basado en el reconocimiento de intereses comunes y la construcción de una estructura institucional que ha apoyado este proceso ambicioso de integración económica y política. La situación actual es positiva: hoy la UE acoge a algunas de las naciones más prósperas del mundo; al mismo tiempo que se ha constituido en un centro global de excelencia científica, de innovación tecnológica y experimentación política creativa.

En pocas palabras, los primeros cincuenta años de la UE pueden definirse como una serie de logros, atenuados por traspiés e innovaciones, tras períodos de estancamiento. El compromiso de los estados miembros a la integración—y a una mayor cooperación—ha coexistido con una reticencia, nacida del deseo de proteger intereses nacionales, a la transferencia de soberanía a las instituciones de este gran bloque denominado UE. El grado y rapidez del progreso han sido, por lo tanto, determinados por la intensidad relativa de estas dos fuerzas. Es más, el considerable aumento en el número de integrantes al interior de la Unión Europea, de quince estados miembros al inicio del año 2004 a los veintisiete que la componen actualmente, ha dado lugar a ajustes—no siempre fáciles—a los requerimientos de una comunidad más grande y diversa.

Hoy Europa tiene un nuevo y más potente significado que hace medio siglo y a continuación me permito exponer algunas reflexiones sobre las perspectivas de este conglomerado en el largo plazo:

  • El proceso de globalización mundial ha reducido la importancia relativa de la geografía como un determinante de la prosperidad y el crecimiento económico. Somos testigos que las caídas drásticas en el costo del transporte y las comunicaciones han disminuido considerablemente la importancia de la ubicación geográfica. En forma creciente, las economías más competitivas del mundo son aquellas que han logrado potenciar las habilidades de sus fuerzas laborales, que han creado instituciones abiertas, transparentes, eficientes, y que ofrecen un mínimo de estabilidad política y social. Hoy el éxito pareciera depender más de la calidad de las políticas y las instituciones que de la ubicación geográfica de un país. Así lo demuestra ejemplos concretos como Corea y Singapur, Irlanda e Israel, Nueva Zelanda y Chile y, más recientemente, la experiencia de los países en Europa Central y Oriental.

  • A la luz de lo anterior, pareciera entonces que la UE debería verse no fundamentalmente como una geografía política, sino mas bien como un grupo de estados miembros que comparten reglas, políticas e instituciones comunes, las que tienen que ver cada vez menos con la ubicación. La reciente fatiga ciudadana con la ampliación de la UE podría tener que ver menos con la erosión del entusiasmo por parte de sus ciudadanos—con el sentimiento comunitario que es el fundamento del experimento Europeo—y más con la percepción de que los líderes políticos han visto esta expansión como un proceso impulsado por consideraciones geográficas, en las que se han visto forzados a aceptar miembros que aún no estaban listos para asumir plenamente las responsabilidades correspondientes. La reciente incorporación de Bulgaria y Rumania es un fiel reflejo de este argumento: dos países con niveles de transparencia en el manejo de los asuntos de estado muy por debajo del resto de la UE. Si la UE fuera vista en forma creciente como una unión basada en políticas e instituciones compartidas, y respeto por reglas mutuamente acordadas, sería dudoso que el proceso de ampliación hubiera seguido un curso tan vertiginoso, optándose tal vez por períodos mas largos de consolidación institucional en algunos de sus estados candidatos.

  • El párrafo anterior sugeriría que los esfuerzos de los líderes de la UE para consolidar los logros impresionantes de los últimos cincuenta años no deberían limitarse a incorporar aquellos estados actualmente en su periferia, sino más bien enfocar su atención en aquellos estados que, habiendo establecido un historial respetable de buenas políticas, instituciones sólidas y valores políticos similares (democracia, respeto por los derechos humanos y civiles) estarían dispuestos a someterse a las presiones competitivas del mercado Europeo, la disciplina de sus instituciones y sus reglas comunes, independientemente de donde se hallen estos países. Desde esta perspectiva más amplia, Chile podría ser un candidato ideal. Chile es un país que ya ha sobrepasado a la mayoría de los miembros de la UE en la calidad de su manejo macroeconómico. Sus instituciones—derechos de propiedad, el sistema judicial, el esquema regulatorio, el régimen comercial y el sistema de seguridad social—ya operan a un nivel de eficiencia por encima de la media de la UE. En lo que respecta a niveles de corrupción, la claridad de las reglas del juego y el clima para las inversiones, Chile esta ya por encima de países como Italia, Grecia y la gran mayoría de los nuevos estados miembros de Europa Central y Oriental. Asumiendo a priori el hecho evidente que no comparte una frontera física con la UE, Chile—el único país Latinoamericano que tiene un tratado de libre comercio con la UE—es ya un miembro de la UE en espíritu.

  • Dicho esto, la incorporación de Chile a la UE tendría implicaciones que irían mucho más allá de la simple adhesión de un estado pequeño a su creciente lista de economías pequeñas. Le daría a la UE una notable presencia institucional en Latinoamérica, una región con la que tiene relaciones comerciales cada vez más importantes. La UE se beneficiaría de incluir entre sus miembros una economía con tasas de crecimiento muy por encima de la media Europea y una posición privilegiada entre todos los rankings mundiales de competitividad. Más importante aún, la entrada de Chile a la UE activaría una fuerte cadena de incentivos en Latinoamérica, como ocurriera en Europa Central y Oriental durante los últimos quince años. Con el ingreso de Chile, uno puede fácilmente vislumbrar un cambio en la naturaleza del debate político en la región. Los uruguayos y los costarricenses podrían entonces preguntarse: “¿qué tenemos que hacer nosotros para cumplir los requisitos de adhesión?” Esta es la clase de pregunta que se debería plantear en la región, para trasladar los debates a un plano mas elevado, alejado de las demagogias populistas que hemos visto resurgir en los años recientes.

Predecir el futuro es una tarea azarosa. Sin embargo, una cosa es clara: el ritmo inexorable del cambio tecnológico está dando lugar a una economía global integrada y nos está llevando a una creciente conciencia de ciudadanía mundial. En la medida en la que los líderes políticos de la UE busquen redefinir las condiciones de una futura expansión, muy bien podrían descubrir que ha llegado el momento de pensar en Europa menos en función de los paradigmas tradicionales—y necesariamente limitantes—de proximidad geográfica, y más en el nuevo lenguaje del siglo XXI. Una época donde las barreras físicas, las fronteras y los conceptos de distancia, están dando lugar a la realidad inexorable de la unicidad de la humanidad.

Augusto López Claros pronuncia el discurso de apertura,
Inovación para el Desarrollo Social y Económico,
en el Foro Microsoft de Líderes Gubernamentales,
Miami, Florida, 3 de Abril de 2008.